José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Problema de la Tierra
LA POLÍTICA DEL COLONIAJE: DESPOBLACIÓN
Y ESCLAVITUD
Que el régimen colonial español resultara incapaz de organizar
en el Perú una economía de puro tipo feudal se explica claramente.
No es posible organizar una economía sin claro entendimiento y segura
estimación, si no de sus principios, al menos de sus necesidades.
Una economía indígena, orgánica, nativa, se forma sola.
Ella misma determina espontáneamente sus instituciones. Pero una
economía colonial se establece sobre bases en parte artificiales
y extranjeras, subordinada al interés del colonizador. Su desarrollo
regular depende de la aptitud de éste para adaptarse a las condiciones
ambientales o para transformarlas.
El colonizador español carecía radicalmente de esta aptitud.
Tenía una idea, un poco fantástica, del valor económico
de los tesoros de la naturaleza, pero no tenía casi idea alguna del
valor económico del hombre.
La práctica de exterminio de la población indígena
y de destrucción de sus instituciones -en contraste muchas veces
con las leyes y providencias de la metrópoli- empobrecía y
desangraba al fabuloso país ganado por los conquistadores para el
Rey de España, en una medida que éstos no eran capaces de
percibir y apreciar. Formulando un principio de la economía de su
época, un estadista sudamericano del siglo XIX debía decir
más tarde, impresionado por el espectáculo de un continente
semidesierto: "Gobernar es poblar". El colonizador español,
infinitamente lejano de este criterio, implantó en el Perú
un régimen de despoblación.
La persecución y esclavizamiento de los indios deshacía velozmente
un capital subestimado en grado inverosímil por los colonizadores:
el capital humano. Los españoles se encontraron cada día más
necesitados de brazos para la explotación y aprovechamiento de las
riquezas conquistadas. Recurrieron entonces al sistema más antisocial
y primitivo de colonización: el de la importación de esclavos.
El colonizador renunciaba así, de otro lado, a la empresa para la
cual antes se sintió apto el conquistador: la de asimilar al indio.
La raza negra traída por él le tenía que servir, entre
otras cosas, para reducir el desequilibrio demográfico entre el blanco
y el indio.
La codicia de los metales preciosos -absolutamente lógica en un siglo
en que tierras tan distantes casi no podían mandar a Europa otros
productos-, empujó a los españoles a ocuparse preferentemente
en la minería. Su interés pugnaba por convertir en un pueblo
minero al que, bajo sus inkas y desde sus más remotos orígenes,
había sido un pueblo fundamentalmente agrario. De este hecho nació
la necesidad de imponer al indio la dura ley de la esclavitud. El trabajo
del agro, dentro de un régimen naturalmente feudal, hubiera hecho
del indio un siervo vinculándolo a la tierra. El trabajo de las minas
y las ciudades, debía hacer de él un esclavo. Los españoles
establecieron, con el sistema de las mitas, el trabajo forzado, arrancando
al indio de su suelo y de sus costumbres.
La importación de esclavos negros que abasteció de braceros
y domésticos a la población española de la costa, donde
se encontraba la sede y corte del Virreinato, contribuyó a que España
no advirtiera su error económico y político. El esclavismo
se arraigó en el régimen, viciándolo y enfermándolo.
El profesor Javier Prado, desde puntos de vista que no son naturalmente
los míos, arribó en su estudio sobre el estado social del
Perú del coloniaje a conclusiones que contemplan precisamente un
aspecto de este fracaso de la empresa colonizadora: "Los negros -dice-
considerados como mercancía comercial, e importados a la América,
como máquinas humanas de trabajo, debían regar la tierra con
el sudor de su frente; pero sin fecundarla, sin dejar frutos provechosos.
Es la liquidación constante siempre igual que hace la civilización
en la historia de los pueblos: el esclavo es improductivo en el trabajo
como lo fue en el Imperio Romano y como lo ha sido en el Perú; y
es en el organismo social un cáncer que va corrompiendo los sentimientos
y los ideales nacionales. De esta suerte ha desaparecido el esclavo en el
Perú, sin dejar los campos cultivados; y después de haberse
vengado de la raza blanca, mezclando su sangre con la de ésta, y
rebajando en ese contubernio el criterio moral e intelectual, de los que
fueron al principio sus crueles amos, y más tarde sus padrinos, sus
compañeros y sus hermanos" (3).
La responsabilidad de que se puede acusar hoy al coloniaje, no es la de
haber traído una raza inferior -éste era el reproche esencial
de los sociólogos de hace medio siglo-, sino la de haber traído
con los esclavos, la esclavitud, destinada a fracasar como medio de explotación
y organización económicas de la colonia, a la vez que a reforzar
un régimen fundado sólo en la conquista y en la fuerza.
El carácter colonial de la agricultura de la costa, que no consigue
aún librarse de esta tara, proviene en gran parte del sistema esclavista.
El latifundista costeño no ha reclamado nunca, para fecundar sus
tierras, hombres sino brazos. Por esto, cuando le faltaron los esclavos
negros, les buscó un sucedáneo en los culis chinos. Esta otra
importación típica de un régimen de "encomenderos"
contrariaba y entrababa como la de los negros la formación regular
de una economía liberal congruente con el orden político establecido
por la revolución de la independencia. César Ugarte lo reconoce
en su estudio ya citado sobre la economía peruana, afirmando resueltamente
que lo que el Perú necesitaba no era "brazos" sino "hombres"(4).